H. C. Andersen: "Las cigüeñas"; análisis y propuesta didáctica

 

Ourense (IV-2021) ©SVM

H. C. ANDERSEN: “Las cigüeñas”

 

Sobre el tejado de la casa más apartada de una aldea había un nido de cigüeñas. La cigüeña madre estaba posada en él, junto a sus cuatro polluelos, que asomaban las cabezas con sus piquitos negros, pues no se habían teñido aún de rojo. A poca distancia, sobre el vértice del tejado, permanecía el padre, erguido y tieso; tenía una pata recogida, para que no pudieran decir que el montar la guardia no resultaba fatigoso. Se hubiera dicho que era de palo, tal era su inmovilidad. «Da un gran tono el que mi mujer tenga una centinela junto al nido -pensaba-. Nadie puede saber que soy su marido. Seguramente pensará todo el mundo que me han puesto aquí de vigilante. Eso da mucha distinción». Y siguió de pie sobre una pata.

Abajo, en la calle, jugaba un grupo de chiquillos, y he aquí que, al darse cuenta de la presencia de las cigüeñas, el más atrevido rompió a cantar, acompañado luego por toda la tropa:

 

Cigüeña, cigüeña, vuélvete a tu tierra

más allá del valle y de la alta sierra.

Tu mujer se está quieta en el nido,

y todos sus polluelos se han dormido.

El primero morirá colgado,

el segundo chamuscado;

al tercero lo derribará el cazador

y el cuarto irá a parar al asador.

 

--¡Escucha lo que cantan los niños! --exclamaron los polluelos--. Cantan que nos van a colgar y a chamuscar.

--No os preocupéis --los tranquilizó la madre--. No les hagáis caso, dejadlos que canten.

Y los rapaces siguieron cantando a coro, mientras con los dedos señalaban a las cigüeñas burlándose; sólo uno de los muchachos, que se llamaba Perico, dijo que no estaba bien burlarse de aquellos animales, y se negó a tomar parte en el juego. Entretanto, la cigüeña madre seguía tranquilizando a sus pequeños:

--No os apuréis --les decía--, mirad qué tranquilo está vuestro padre, sosteniéndose sobre una pata.

--¡Oh, qué miedo tenemos! --exclamaron los pequeños escondiendo la cabecita en el nido.

Al día siguiente los chiquillos acudieron nuevamente a jugar, y, al ver las cigüeñas, se pusieron a cantar otra vez.

 

El primero morirá colgado,

el segundo chamuscado.

 

--¿De veras van a colgarnos y chamuscamos? --preguntaron los polluelos.

--¡No, claro que no! --dijo la madre--. Aprenderéis a volar, pues yo os enseñaré; luego nos iremos al prado, a visitar a las ranas. Veréis como se inclinan ante nosotras en el agua cantando: «¡coax, coax!»; y nos las zamparemos. ¡Qué bien vamos a pasarlo!

--¿Y después? --preguntaron los pequeños.

--Después nos reuniremos todas las cigüeñas de estos contornos y comenzarán los ejercicios de otoño. Hay que saber volar muy bien para entonces; la cosa tiene gran importancia, pues el que no sepa hacerlo como Dios manda, será muerto a picotazos por el general. Así que es cuestión de aplicaros, en cuanto la instrucción empiece.

--Pero después nos van a ensartar, como decían los chiquillos. Escucha, ya vuelven a cantarlo.

--¡Es a mí a quien debéis atender y no a ellos! --regañoles la madre cigüeña--. Cuando se hayan terminado los grandes ejercicios de otoño, emprenderemos el vuelo hacia tierras cálidas, lejos, muy lejos de aquí, cruzando valles y bosques. Iremos a Egipto, donde hay casas triangulares de piedra terminadas en punta, que se alzan hasta las nubes; se llaman pirámides, y son mucho más viejas de lo que una cigüeña puede imaginar. También hay un río, que se sale del cauce y convierte todo el país en un cenagal. Entonces, bajaremos al fango y nos hartaremos de ranas.

--¡Ajá! --exclamaron los polluelos.

--¡Sí, es magnífico! En todo el día no hace uno sino comer; y mientras nos damos allí tan buena vida, en estas tierras no hay una sola hoja en los árboles, y hace tanto frío que hasta las nubes se hielan, se resquebrajan y caen al suelo en pedacitos blancos. Se refería a la nieve, pero no sabía explicarse mejor.

--¿Y también esos chiquillos malos se hielan y rompen a pedazos? --Preguntaron los polluelos.

--No, no llegan a romperse, pero poco les falta, y tienen que estarse quietos en el cuarto oscuro; vosotros, en cambio, volaréis por aquellas tierras, donde crecen las flores y el sol lo inunda todo.

Transcurrió algún tiempo. Los polluelos habían crecido lo suficiente para poder incorporarse en el nido y dominar con la mirada un buen espacio a su alrededor. Y el padre acudía todas las mañanas provisto de sabrosas ranas, culebrillas y otras golosinas que encontraba. ¡Eran de ver las exhibiciones con que los obsequiaba! Inclinaba la cabeza hacia atrás, hasta la cola, castañeteaba con el pico cual si fuese una carraca y luego les contaba historias, todas acerca del cenagal.

--Bueno, ha llegado el momento de aprender a volar --dijo un buen día la madre, y los cuatro pollitos hubieron de salir al remate del tejado. ¡Cómo se tambaleaban, cómo se esforzaban en mantener el equilibrio con las alas, y cuán a punto estaban de caerse!--. ¡Fijaos en mí! --dijo la madre--. Debéis poner la cabeza así, y los pies así: ¡Un, dos, Un, dos! Así es como tenéis que comportaros en el mundo--. Y se lanzó a un breve vuelo, mientras los pequeños pegaban un saltito, con bastante torpeza, y ¡bum!, se cayeron, pues les pesaba mucho el cuerpo.

--¡No quiero volar! --protestó uno de los pequeños, encaramándose de nuevo al nido--. ¡Me es igual no ir a las tierras cálidas!

--¿Prefieres helarte aquí cuando llegue el invierno? ¿Estás conforme con que te cojan esos muchachotes y te cuelguen, te chamusquen y te asen? Bien, pues voy a llamarlos.

--¡Oh, no! --suplicó el polluelo, saltando otra vez al tejado, con los demás.

Al tercer día ya volaban un poquitín, con mucha destreza, y, creyéndose capaces de cernerse en el aire y mantenerse en él con las alas inmóviles, se lanzaron al espacio; pero ¡sí, sí...! ¡Pum! empezaron a dar volteretas, y fue cosa de darse prisa a poner de nuevo las alas en movimiento. Y he aquí que otra vez se presentaron los chiquillos en la calle, y otra vez entonaron su canción:

 

¡Cigüeña, cigüeña, vuélvete a tu tierra!

 

--¡Bajemos de una volada y saquémosles los ojos! --exclamaron los pollos.

--¡No, dejadlos! --replicó la madre--. Fijaos en mí, esto es lo importante: ¡Uno, dos, tres! Un vuelo hacia la derecha. ¡Uno, dos, tres! Ahora hacia la izquierda, en torno a la chimenea. Muy bien, ya vais aprendiendo; el último aleteo, ha salido tan limpio y preciso, que mañana os permitiré acompañarme al pantano. Allí conoceréis varias familias de cigüeñas con sus hijos, todas muy simpáticas; me gustaría que mis pequeños fuesen los más lindos de toda la concurrencia; quisiera poder sentirme orgullosa de vosotros. Eso hace buen efecto y da un gran prestigio.

--¿Y no nos vengaremos de esos rapaces endemoniados? --preguntaron los hijos.

--Dejadlos gritar cuanto quieran. Vosotros os remontaréis hasta las nubes y estaréis en el país de las pirámides, mientras ellos pasan frío y no tienen ni una hoja verde, ni una manzana.

--Sí, nos vengaremos --se cuchichearon unos a otros; y reanudaron sus ejercicios de vuelo.

De todos los muchachuelos de la calle, el más empeñado en cantar la canción de burla, y el que había empezado con ella, era precisamente un rapaz muy pequeño, que no contaría más allá de 6 años. Los cigoñinos, empero, creían que tenía lo menos cien, pues era mucho más corpulento que su madre y su padre. ¡Qué sabían ellas de la edad de los niños y de las personas mayores! Este fue el niño que ellas eligieron como objeto de su venganza, por ser el iniciador de la ofensiva burla y llevar siempre la voz cantante. Las jóvenes cigüeñas estaban realmente indignadas, y cuanto más crecían, menos dispuestas se sentían a sufrirlo. Al fin su madre hubo de prometerles que las dejaría vengarse, pero a condición de que fuese el último día de su permanencia en el país.

--Antes hemos de ver qué tal os portáis en las grandes maniobras; si lo hacéis mal y el general os traspasa el pecho de un picotazo, entonces los chiquillos habrán tenido razón, en parte al menos. Hemos de verlo, pues.

--¡Si, ya verás! --dijeron las crías, redoblando su aplicación. Se ejercitaban todos los días, y volaban con tal ligereza y primor, que daba gusto.

Y llegó el otoño. Todas las cigüeñas empezaron a reunirse para emprender juntas el vuelo a las tierras cálidas, mientras en la nuestra reina el invierno. ¡Qué de impresionantes maniobras! Había que volar por encima de bosques y pueblos, para comprobar la capacidad de vuelo, pues era muy largo el viaje que les esperaba. Los pequeños se portaron tan bien, que obtuvieron un «sobresaliente con rana y culebra». Era la nota mejor, y la rana y la culebra podían comérselas; fue un buen bocado.

--¡Ahora, la venganza! --dijeron.

--¡Sí, desde luego! --asintió la madre cigüeña--. Ya he estado yo pensando en la más apropiada. Sé dónde se halla el estanque en que yacen todos los niños chiquitines, hasta que las cigüeñas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeñuelos duermen allí, soñando cosas tan bellas como nunca más volverán a soñarlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los niños desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que no cantaron la canción y se portaron bien con las cigüeñas.

--Pero, ¿y el que empezó con la canción, aquel mocoso delgaducho y feo --gritaron los pollos--, qué hacemos con él?

--En el estanque yace un niñito muerto, que murió mientras soñaba. Pues lo llevaremos para él. Tendrá que llorar porque le habremos traído un hermanito muerto; en cambio, a aquel otro muchachito bueno --no lo habréis olvidado, el que dijo que era pecado burlarse de los animales--, a aquél le llevaremos un hermanito y una hermanita, y como el muchacho se llamaba Pedro, todos vosotros os llamaréis también Pedro.

Y fue tal como dijo, y todas las crías de las cigüeñas se llamaron Pedro, y todavía siguen llamándose así.

 

 

 

  1. ANÁLISIS

El danés Hans Christian Andersen (Odense, 1805 – Copenhague, 1875) es un escritor fundamental de la literatura internacional. Aunque sus textos se suelen etiquetar como cuentos de hadas para niños, en realidad estamos ante textos literarios de mucha profundidad, dirigidos, leídos y degustados por cualquier lector, sea infantil o adulto. Sus aportaciones son de máxima calidad por su originalidad, su densidad narrativa y significativa y su bello estilo.

Si echamos una ojeada a sus cuentos, encontramos rasgos comunes en todos ellos: presencia de lo fantástico y mágico; recreación de una realidad dura y áspera, conviviendo con otra más amable; atención a los valores espirituales como sustento de la vida; cierto tono de tristeza y melancolía que parece ser invencible; tensión o combate entre el bien, o las fuerzas del bien, y el mal, las pulsiones malignas, con resultado indeciso; y, finalmente, una visión elevada que busca en el cielo, el más allá, la otra vida, la región de los espíritus, o como queramos llamarle, el consuelo, las respuestas a las angustias y el sufrimiento y el amor que en la vida humana terrenal no parecen tener cabida satisfactoriamente.

Andersen invita al lector a trascender la vida diaria, sórdida y mezquina, para fijarse en la espiritual o religiosa, donde sí hay puerto seguro a las zozobras humanas. Sin embargo, siempre deja una sombra de titubeo, de duda, un sí es no es sobre si nuestra lucha vale la pena, sobre si la rectitud moral y la entrega tienen realmente recompensa en algún lugar y momento...

  1. Resumen

Una familia de cigüeñas vive tranquilamente en su nido, situado en una casa apartada de un pueblo innominado. El padre vigila, preocupado por apariencia, la madre cuida a los cuatro cigoñinos. Un grupo de niños, excepto uno de ellos, llamado Perico, les cantan una canción amenazante y agresiva; los increpan para que se marchen; de lo contrario, les anuncia que acabarán muertos en la tartera de una cocina. Las crías tienen miedo y quieren marchar, pero aún no saben volar. Otro polluelo se resiste a aprender porque tiene miedo. Para animarlos a aprender, venciendo sus miedos, la madre les describe Egipto, su belleza y su abundante comida. Sin embargo, un polluelo se sigue resistiendo; su madre lo amenaza con abandonarlo a los niños, o con que el general lo atraviese con su pico. En ese momento, el cigoñino cede. Todos aprenden a volar, poco a poco, bajo el paciente y eficaz magisterio de la madre. Los polluelos piden venganza contra los niños. La madre da largas y les explica que eso no es tan importante. Al fin, encuentra una solución inteligente. Como ellas traen a los niños, a Pedro, el niño bueno que no las amenazó (a las cigüeñas, le trae dos hermanos; al más agresivo, un hermano muerto. Y también para Pedro, como homenaje, todos los polluelos de cigüeña se llamarán Pedro, para siempre.

  1. Tema

Los temas abordados en este cuento son:

-La violencia gratuita, ejercida por los niños, amenaza la vida de las cigüeñas, pues las quieren expulsar o comer. Se rompe el equilibrio natural y la convivencia pacífica por el odio injustificado de un componente, el menos esperado: los niños del pueblo.

-Las dotes de muy buena educadora de la cigüeña madre, combinando paciencia amorosa, con exigencia y dedicación, logra los objetivos propuestos: salvar la vida de los polluelos.

-Las personas buenas reciben un premio del modo más inesperado, como Pedro; los malos, un castigo duradero, como el niño más amenazador.

-El aprendizaje exige esfuerzo, dedicación y una firme determinación o creencia en uno mismo, manifestable en el compromiso.

  1. Apartados temáticos

“Las cigüeñas” es un relato breve. Todo el contenido está comprimido y como a presión. Este se dispone en las tres secciones clásicas:

-Introducción o presentación: aparecen ante el lector unos personajes, un lugar, un tiempo y una acción o acontecimiento generador de un conflicto, una intriga. Ocupa los tres primeros párrafos. Llega hasta el párrafo que comienza “Al día siguiente los chiquillos…”, excluido.

-Nudo o desarrollo: es el más largo. Los polluelos tienen miedo a los niños; unido a la necesidad de aprender a volar, la situación es tensa y preocupada. Abarca desde el párrafo que comienza “Al día siguiente los chiquillos…” hasta el que termina con “qué hacemos con él?”, ambos inclusive.

-Desenlace o final: coincide con los dos últimos párrafos: la cigüeña madre encuentra una asombrosa solución justa y razonable para los deseos de venganza de sus hijos que, en realidad, consiste en premiar a los buenos y castigar a los malos implacablemente.

  1. Personajes

Como ocurre en muchos cuentos de Andersen, las cosas no son lo que parecen. Los destinados a ser protagonistas no vuelven a aparecer; y viceversa, alguien que irrumpe en el texto al final adquiere mucho relieve. Todos ellos dotan de un sentido superior al relato, en el cual no existe un protagonista como tal. El sentido final es el auténtico protagonista, como luego veremos. Hemos de tener en cuenta que los personajes están antropomorfizados; son animales con los atributos de las personas. Por orden de aparición, tenemos los siguientes personajes:

-La cigüeña madre: es un ser inteligente, paciente y bondadoso. Ha de lidiar con un marido vanidoso, con unas crías miedosas y con unos niños crueles. Solventa todas las complicaciones con inteligencia práctica. Es una gran educadora y sabe mezclar la promesa de premios y la amenaza de castigos a sus cigoñinos para estimular su aprendizaje. Es la protagonista, pero de un modo difuminado, como disimulado.

-La cigüeña padre: aparece solo una vez y conocemos su pensamiento, un tanto atrabiliario y ridículo. No quiere ser reconocida como padre, sino como guardiana del nido. Su vanidad es evidente. No participa en la educación de las crías, lo que delata su irresponsabilidad.

-Los polluelos o cigoñinos: actúan como un personaje colectivo; no tienen nombre propio y actúan casi igual. Hay uno más miedoso, pero la madre lo reconduce inteligentemente. Poco sabemos de ellos; muestran temor al aprendizaje y al enfrentamiento a los retos de la vida. Tienen sus dosis de impulsos negativos, pues piden venganza contra los niños repetidamente.

-El grupo de niños del pueblo actúan, en parte, como antagonistas. Son violentos, excluyentes y cerriles. Quieren expulsar a las cigüeñas de su pueblo, pero no aportan ni una sola razón para actuar así. 

-Pedro, o Pedrito: es un niño tranquilo y apartado que no participa de la violencia de sus compinches. Al final, recibe un premio por su ánimo pacífico y conciliador.

  1. Lugar y tiempo en los que se desenvuelven la acción

Como ocurre en los cuentos de hadas, también en los de Andersen, los aspectos cronoespaciales están muy difuminados y carecen de interés. La acción discurre en un lugar desconocido; se trata de un pueblo cualquiera en un país cualquiera. Ahí hace mucho frío, el invierno es largo y la vida es dura. Más o menos los podemos identificar con los pueblos del norte de Europa; seguramente Andersen pensaba en cualquier pueblo danés que él conocía muy bien. El nido es el lugar donde se desarrolla casi toda la acción. Se alude a Egipto como un lugar tranquilo, agradable y apetecible para vivir, en contraste con el pueblo donde viven las cigüeñas en verano.  

El tiempo tampoco ofrece una concreción exacta. Parece que Andersen nos quiere decir que no importa cuándo ocurrieron las cosas. El tiempo de la escritura es, aproximadamente, de mediados del siglo XIX. El tiempo de la acción narrada también es difuso; se puede considerar contemporáneo de la acción narrada.

La duración de la acción se puede establecer en algunos meses de un verano, pocos, desde que los polluelos apenas han echado plumaje hasta que pueden volar. La acción está, pues, bastante reconcentrada, aunque sin llegar a límites extremos. En realidad, todo se concentra en dos momentos: las amenazas de los niños y la exigencia de venganza de los polluelos; entre ambos puntos, pasan unos meses. Y son esenciales: es cuando la cigüeña madre enseña a sus hijos a volar y a ser justos y ecuánimes.

5. Narrador

El relato es contado por un narrador en tercera persona, omnisciente y externo, bastante objetivo y aparentemente distante. Sin embargo, bien analizado, vemos que desliza un claro mensaje de justicia implacable: el que hace el bien recibe un premio, incluso doble (dos hermanos para Pedro). Quien hace el mal, recibe un terrible presente (un hermano muerto). El narrador participa de esta lección moral, visible sobre todo en el último párrafo del cuento, donde recuerda que las crías de cigüeña se llaman Pedro como homenaje al niño bueno. No se deja ver en ninguna ocasión explícitamente, pero lo podemos reconocer en el relato. “Ve” a través de la cigüeña madre, la inteligente protagonista.

  1. Procedimientos retóricos y recursos estilísticos

Andersen emplea los tres recursos narrativos disponibles. Con la descripción el narrador explica cómo son las cosas y los seres; con los personajes nos trasmite qué y cómo pasan las acciones; con el diálogo los personajes opinan, valoran, declaran, preguntan, etc., es decir, nos hacen ver sus sentimientos, emociones, motivaciones, etc., aunque muy moderadamente. Los ejemplificamos brevemente para comprender que, sin ellos, no hay cuento:

-Descripción, muy visible en el primer párrafo del texto: “Sobre el tejado de la casa más apartada de una aldea había un nido de cigüeñas. La cigüeña madre estaba posada en él, junto a sus cuatro polluelos, que asomaban las cabezas con sus piquitos negros, pues no se habían teñido aún de rojo”. Esta deliciosa descripción es la que abre el relato.

-Narración: hay muy pocos ejemplos. Uno hermoso es: “Y llegó el otoño. Todas las cigüeñas empezaron a reunirse para emprender juntas el vuelo a las tierras cálidas, mientras en la nuestra reina el invierno”.

-Diálogo: “--¿Y no nos vengaremos de esos rapaces endemoniados? --preguntaron los hijos.

--Dejadlos gritar cuanto quieran. Vosotros os remontaréis hasta las nubes y estaréis en el país de las pirámides, mientras ellos pasan frío y no tienen ni una hoja verde, ni una manzana”. Existen muchos ejemplos como este. Se deduce claramente que las secciones descriptivas y dialogadas predominan en el cuento.

Los recursos estilísticos son muy abundantes. No podía ser de otro modo, pues el texto está sometido a una fuerte comprensión del significado y a una poetización también importante. La personificación es sistemática, pues al basarse el cuento en una antropomorfización de los animales, resulta necesario en su construcción. Las cigüeñas aparecen revestidas de los atributos humanos. Recogemos los más importantes, por orden de aparición; muchos de ellos se repiten varias veces, pero nosotros no los mencionaremos sino una vez, para comprobar el efecto literario e imaginativo que producen:

1) Repetición retórica (junto con anáfora y epanadiplosis): “¡No, claro que no!”. Estos recursos de repetición expresan con viveza una idea o pensamiento.

3) Epíteto y adjetivo embellecedor: “sus piquitos negros, pues no se habían teñido aún de rojo”. Es un modo de aportar plasticidad y visibilidad a los objetos descritos.

4) Símil o comparación: “Se hubiera dicho que era de palo, tal era su inmovilidad”; en este caso se crea una sensación visual agradable y cómica, identificable con la elegancia de la cigüeña.

5) Símbolo: como es de esperar en Andersen, los símbolos adquieren gran importancia. El grupo de niños irresponsables son imagen de la violencia caprichosa y egoísta. La cigüeña madre simboliza la educación, la templanza y la inteligencia práctica. La cigüeña padre encarna la fatuidad absurda, etc.

6) Perífrasis o circunloquio: se observa bien cuando se refiere a Egipto como “el país de las pirámides”. Funciona de forma antonomástica.

7) Bimembración (de adjetivos, verbos, sustantivos, etc.): “erguido y tieso”, referido a la cigüeña padre; expresa muy bien su hieratismo vanidoso.

Existen otros muchos recursos literarios que, para no fatigar al lector, omitimos. La maestría literaria de Andersen es bien visible. Con breves pinceladas crea ambientes misteriosos, enigmáticos, simbólicos, que sirven para incitar a una reflexión superior. El acierto en el empleo de las herramientas retóricas ayuda mucho a “revivir” el cuento en nuestra mente. Parece que todo cobra vida en nuestra mente, que todo lo sobrenatural es parte de la natural de manera sencilla y, valga la paradoja, lógica.

  1. Contextualización

Hans Christian Andersen es un escritor romántico de formación. Cuando él desarrolla su carrera, el Romanticismo está en plena expansión; es, por tanto, hijo del tiempo romántico, movimiento artístico de hondas y duraderas huellas en el arte occidental. Andersen tuvo una infancia y una juventud duras y poco felices. Pasó hambre, fue marginado, fracasó como actor y músico... Sólo gracias a la protección de gente poderosa de su tiempo pudo completar sus estudios. Su biografía, en alemán, recoge muchos de sus sinsabores y su andar errático por Copenhague siendo un jovenzuelo sin oficio ni beneficio. Seguramente ni él mismo era consciente de su potencia creativa literaria. Cuando esta estalló, probablemente él fue el primer sorprendido, pero luego comprendió muy bien cómo desarrollar sus habilidades artísticas y por eso nos dejó unas de las obras más importantes y completas de la literatura romántica europea.

Recordamos esquemáticamente cómo se manifiestan en este cuento los rasgos románticos:

-Gusto por lo misterioso, lo sobrenatural y lo inexplicable, como se aprecia muy bien en “La última perla” a través de las hadas y los ángeles custodios.

-Presencia de una naturaleza sintonizada con los sentimientos de los personajes. Compárese la que aparece al principio con la de la casa de la madre difunta y vemos el vivo contraste que se crea.

-Gusto por el claro-oscuro, por los contrastes agudos e irreconciliables. Se puede ver en la actitud del ángel protector con la del custodio, o en la significación de las perlas, excepto la última, la Aflicción.

-El destino juega un papel importante en la vida de las personas. Más allá de la voluntad personal, ciertas fuerzas más o menos identificables con el fatum están presentes en la vida de las personas. Y las desgracias acechan constantemente, sea uno rico o pobre.

-Los sentimientos y emociones forman parte muy relevante de la vida y el carácter de las personas. Más allá de otras consideraciones --físicas, de carácter, etc.--, la alegría y la pena, la dicha y el dolor, son vectores de la vida que marcan y dirigen a las personas en su peregrinar humano.

-La muerte y lo trágico están presentes como parte inherente de la vida. Eso, unido a una ambientación medieval, antigua, devienen en relatos misteriosos, intrigantes, donde existen más cosas de las que vemos, donde vivir es un reto de comprensión de fuerzas secretas y subterráneas que no se ven, pero están y operan.

Sin embargo, hay que advertir que Andersen camina por su propia senda, aparte de la del romanticismo y la del realismo. Su literatura es más simbólica y reflexiva que la usual o esperable en su momento. Por otro lado, la depuración estilística es muy elevada. Los relatos tienden a la economía expresiva, para concentrarse en varios puntos capitales que el autor desea destacar.

  1. Interpretación

Este magnífico relato de Andersen es mucho más que un cuento fantástico para niños. Posee una densidad significativa realmente asombrosa, como a continuación explicaremos. Con apenas unas pinceladas, Andersen nos desliza mensajes de suma gravedad: existe la violencia gratuita, a la par que el deseo de venganza. Es muy difícil luchar contra estas tendencias destructoras, aunque hay un rayo de luz.

Los seres realmente inteligentes (aquí, la cigüeña madre) imponen cierta racionalidad y bondad en el mundo, pero no es lo normal. El comportamiento de la cigüeña madre es ejemplar de principio a fin. Sabe educar de un modo inteligente y práctico, sin excluir cierta dureza, prometiendo grandes frutos (la vida en Egipto) y amenazando tétricamente (los niños malos asarán a los cigoñinos, el general de las cigüeñas atravesará el pecho del polluelo vago con su pico). Sabe dilatar la venganza hasta que los ánimos de sus crías están más calmados. Y cuando aparentemente la aplica, se trata de un sistema de distribución de premios y castigos perfectamente lógico y cuidadosamente proporcional.

La reflexión de lectura es mucho más profunda de lo que parece. Este cuento no es tan pesimista y amargo como tantos otros del gran escritor danés, sino que desliza la posibilidad de que la justicia reine en el mundo y la bondad se abra camino. Sin embargo, la tarea no es fácil y el sufrimiento no desaparecerá.

  1. Valoración

“Las cigüeñas” es un maravilloso cuento, muy bien escrito e ideado. Andersen establece un simbolismo perfecto entre el ave migratoria y la vida humana. La violencia y el abuso están arraigados, pero se pueden aminorar con educación y justicia proporcionada.  Y la violencia surge de donde menos se espera: los niños y los cigoñinos. Las apariencias engañan, qué duda cabe. Por eso hay que estar alerta para neutralizar los bajos impulsos venga de donde vinieren. Sin embargo, Pedro, es un rayo de esperanza: no todos los niños son malos.

Andersen es un magnífico escritor de cuentos fantásticos que nos transmiten las ilusiones y miedos del hombre en su peregrinar humano. Es cierto que son infantiles, pero el lector adulto lo disfruta con la misma fruición, si no más, que un niño. Con sencillez, claridad y suma belleza literaria, la lectura nos interroga sobre nuestros anhelos y miedos más oscuros, pero acechantes. En este caso, nos permite soñar con la buena educación, el fin de la violencia y la impartición de una justicia adecuada al comportamiento de cada cual.

 

  1. PROPUESTA DIDÁCTICA

2.1. Comprensión lectora

1) Resume el cuento (cien palabras, aproximadamente).

2) Señala su tema principal y los secundarios.

3) Analiza la figura del narrador.

4) Delimita los apartados temáticos o secciones de contenido.

5) Analiza los personajes y establece su relevancia.

6) Explica los aspectos de lugar y tiempo en los que se desenvuelve la acción narrada.

7) Explica por qué este texto es un cuento de hadas.

8) Localiza y explica algunos recursos estilísticos y cómo crean significado.

2.2. Interpretación y pensamiento analítico

1) ¿Qué rasgos propios de los cuentos fantásticos aparecen en este texto?

2) ¿Se puede decir que hay posibilidades de neutralizar la violencia y el abuso? Razona la respuesta.

3) ¿Qué importancia posee la educación en el destino de las personas?

4) ¿Cómo se aprecia que la educación no siempre es eficaz con métodos suaves?

5) En el cuento aparece un grupo de niños. Pedro es distinto. Sobre ellos, ¿qué podemos deducir de la fuerza del grupo y del coraje necesario para sustraerse a su influjo?

6) ¿Qué simbolizan cada uno de los personajes en este cuento?

7) En el último párrafo, vemos que la cigüeña madre reparte los premios y castigos. ¿Es justa en sus decisiones?

2.3. Fomento de la creatividad

1) Escribe un cuento fantástico con un contenido más o menos inspirado en el cuento de “Las cigüeñas”.

2) Imagina una charla de tu clase con H. C. Andersen. ¿Qué le preguntarías?

3) Realiza una exposición sobre Hans Christian Andersen, sus cuentos y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc.

4) Aporta o crea imágenes de situaciones de injusticia corregidas con educación, siguiendo el ejemplo de Andersen. ¿Se puede decir que existe la justicia en el mundo?

 

 


H. C. Andersen: "El intrépido soldadito de plomo"; análisis y propuesta didáctica

 

Ourense (IV-2021) © SVM


ANDERSEN, H. C.: “El intrépido soldadito de plomo”

 

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: “¡Soldaditos de plomo!”. Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.

“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”

Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y -¡crac!- se abrió la tapa de la caja de rapé… Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.

--¡Soldadito de plomo! -gritó el duende--. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?

Pero el soldadito se hizo el sordo.

--Está bien, espera a mañana y verás --dijo el duende negro.

Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: “¡Aquí estoy!”, lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.

Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.

--¡Qué suerte! --exclamó uno--. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.

Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.

De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.

“Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro.”

Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.

--¿Dónde está tu pasaporte? --preguntó la rata--. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.

--¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!

La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:

¡Adelante, guerrero valiente!

¡Adelante, te aguarda la muerte!

En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:

--¡Un soldadito de plomo!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.

De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.

FIN





  1. ANÁLISIS

El danés Hans Christian Andersen (Odense, 1805 – Copenhague, 1875) es un escritor fundamental de la literatura internacional. Aunque sus textos se suelen etiquetar como cuentos de hadas para niños, en realidad estamos ante textos literarios de mucha profundidad, dirigidos, leídos y degustados por cualquier lector, sea infantil o adulto. Sus aportaciones son de máxima calidad por su originalidad, su densidad narrativa y significativa y su bello estilo.

Si echamos una ojeada a sus cuentos, encontramos rasgos comunes en todos ellos: presencia de lo fantástico y mágico; recreación de una realidad dura y áspera, conviviendo con otra más amable; atención a los valores espirituales como sustento de la vida; cierto tono de tristeza y melancolía que parece ser invencible; tensión o combate entre el bien, o las fuerzas del bien, y el mal, las pulsiones malignas, con resultado indeciso; y, finalmente, una visión elevada que busca en el cielo, el más allá, la otra vida, la región de los espíritus, o como queramos llamarle, el consuelo, las respuestas a las angustias y el sufrimiento y el amor que en la vida humana terrenal no parecen tener cabida satisfactoriamente. 

Andersen invita al lector a trascender la vida diaria, sórdida y mezquina, para fijarse en la espiritual o religiosa, donde sí hay puerto seguro a las zozobras humanas. Sin embargo, siempre deja una sombra de titubeo, de duda, un sí es no es sobre si nuestra lucha vale la pena, sobre si la rectitud moral y la entrega tienen realmente recompensa en algún lugar y momento...

  1. Resumen

De un grupo de veinticinco soldaditos de plomo, fundidos todos con el metal de una cuchara, hay uno tullido, pues le falta una pierna porque no alcanzó el metal para completarlo. Por lo demás, es como todos los demás compañeros: elegantes, valientes, firmes y determinados. Ese soldadito se fija en otro juguete para él cautivador: una bailarina danzando. Inmediatamente se enamora de ella. Un duende negro se enemista con el soldadito tullido porque le ordena que no mire a la bailarina, pero no le obedece; el juguete de resorte piensa que lo menosprecia; le agura un fatal destino, como venganza. El soldadito reposa en el alféizar de la ventana. Al llegar la noche, una ráfaga de viento lo arrastra y cae por la ventana. Lo encuentran unos niños. Construyen un barco de papel, introducen al soldadito y le hacen navegar corriente abajo. Al llegar a una alcantarilla tenebrosa, una rata le pide sus papeles y le exige un tributo, pero el soldadito no reacciona y sigue su viaje. La rata lo persigue dando voces, pero no lo alcanza. El soldadito cae a un gran canal. Un gran pez se lo come. A la mañana siguiente, la cocinera de la casa lo extrae de la barriga del pez, por lo que entendemos que fue pescado esa misma noche. El soldadito contempla a la bailarina y se siente feliz de haber vuelto al mismo hogar. De pronto, un niño lo toma y lo arroja al fuego; acaso lo hizo inducido por el duende negro. Alguien abre una puerta, lo que provoca una corriente de aire, que empuja a la bailarina al fuego. Allí se miran por última vez. El soldadito se derrite y la bailarina se carboniza. A la mañana siguiente, la sirviente, al remover la lumbre, solo vio de él un trozo de plomo en forma de corazón; de ella solo sobrevivió una lentejuela metálica, ahora negra. 

2.            Tema

Los temas abordados en este cuento son:

-La existencia del hombre es pura incertidumbre y el destino nos puede reservar un fin amargo.

-El amor justifica los reveses y dolores de la vida, por lo que su existencia es benéfica.

-El capricho y fatalidad, provocada por un niño, por una corriente de aire o por ser cruel, acarrean dolores y tragedias sucesivas. Una ráfaga de viento aniquila a la bailarina, y, antes, había arrojado a la calle al soldadito.

-La vida es poco más que una sucesión de hechos absurdos, sin conexión ni justicia, que se suceden sin orden ni concierto, ante la indiferencia de los demás.

3.            Apartados temáticos

“La última perla” es un relato breve. Todo el contenido está comprimido y a presión. Este se dispone en las tres secciones clásicas:

-Introducción o presentación: aparecen ante el lector unos personajes, un lugar, un tiempo y una acción o acontecimiento generador de un conflicto, una intriga. Ocupa los tres primeros párrafos.

-Nudo o desarrollo: abarca desde que el soldadito tullido conoce y se enamora de la bailarina hasta su fatal destino. Abarca desde el cuarto hasta el penúltimo párrafo, ambos inclusive. 

-Desenlace o final: coincide con el último párrafo. Narra el trágico fin del soldadito y la bailarina: extinguidos para siempre por el capricho de un niño y una absurda corriente de aire. 

4.            Personajes

Como ocurre en muchos cuentos de Andersen, las cosas no son lo que parecen. Los destinados a ser protagonistas no vuelven a aparecer; y viceversa, alguien que irrumpe en el texto al final adquiere mucho relieve. Todos ellos dotan de un sentido superior al relato, en el cual no existe un protagonista como tal. El sentido final es el auténtico protagonista, como luego veremos. Por orden de aparición, tenemos los siguientes personajes:

-Un soldadito de plomo, intrépido y tullido. Piensa, pero no habla. Y razona conforme a su condición, o lo que se espera de él: impasible, hierático, valiente e intrépido. También da su vida por el amor de la bailarina, de la que, por cierto, ni siquiera llega a preguntarle si está de acuerdo con él. Sea de ello lo que fuere, muere carbonizado por la fatalidad.

-La bailarina: no habla, tampoco piensa; no sabemos qué puede sentir sobre su condición, o si siente atracción por el soldadito. Su papel es pasivo, pero catalizador para el soldadito. Le aguarda el mismo fin trágico que al soldadito.

-El duende negro de la caja de resorte: es malvado y vengativo. Intenta intervenir en el negro destino del soldadito; no sabemos si lo logra; él y el narrador insinúan que así es. Y todo porque sentía como celos del soldadito por fijarse en la bailarina. Una pasión fea y bien humana, por cierto. En cuanto a comportamiento, está cerca de él la rata que exige dinero por circular por la calle. Es la encarnación de la codicia.

-El niño que arroja al soldadito al fuego: no sabemos nada de él, y esto es justamente lo más chocante. Actúa por un impulso irreflexivo y caprichoso. Tira al fuego al soldadito tullido simplemente porque le apetecía, sin reparar en las consecuencias, porque le da igual. Y en este grupo está el viento. Primero arroja al soldadito a la calle, después, a la bailarina al fuego.

5.            Lugar y tiempo en los que se desenvuelven la acción

Como ocurre en los cuentos de hadas, también en los de Andersen, los aspectos cronoespaciales están muy difuminados y carecen de interés. La acción discurre en un lugar desconocido, en una casa noble y rica de una ciudad cualquiera, eso es todo. Una parte de la acción ocurre en la calle y en las alcantarillas; ahí la vida es difícil y sórdida, tanto como en la propia casa, pero disimuladamente.

El tiempo tampoco ofrece una concreción exacta. Parece que Andersen nos quiere decir que no importa cuándo ocurrieron las cosas. Sin embargo, la duración temporal es muy original: todo dura un día nada más. Desde la llegada del soldadito a la casa de los niños hasta su extinción solo pasa un día. Al soldadito le da tiempo a experimentar el destino cruel, la avaricia de la rata, el capricho del niño, la venganza del duende negro, etc.

Entre la vida y la muerte hay una fina línea que se rompe con frecuencia. Y todo producto del azar más absurdo. Veinticuatro horas vivió el soldadito; una vida breve para un soldado abnegado y cumplidor. Pero la vida es cruel, y hay que aceptarlo; de hecho, el soldadito lo asume sin pestañear.

5. Narrador

El relato es contado por un narrador en tercera persona, omnisciente y externo, algo objetivo y aparentemente distante. Sin embargo, bien analizado, vemos que desliza un claro mensaje de escepticismo amargo: las cosas pasan porque sí; los inocentes pagan el pato; los envidiosos y codiciosos triunfan. Y, finalmente, el destino maneja a los seres como si fueran hojas arrastradas por el viento. No importa su destino; este se cumple con total indiferencia y ya está. El narrador no opina, ni valora abiertamente, pero nos llega su desalentador mensaje del absurdo de la existencia y de la injusticia que entraña, sobre todo en lo referido a la muerte, que llega injustamente a quien menos la merece.

Se deja ver en una ocasión explícitamente, hablando en un plural mayestático: “Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia”.

6.            Procedimientos retóricos y recursos estilísticos

Andersen emplea los tres recursos narrativos disponibles. Con la descripción el narrador explica cómo son las cosas y los seres; con los personajes nos trasmite qué y cómo pasan las acciones; con el diálogo los personajes opinan, valoran, declaran, preguntan, etc., es decir, nos hacen ver sus sentimientos, emociones, motivaciones, etc., aunque muy moderadamente. Los ejemplificamos brevemente para comprender que, sin ellos, no hay cuento:

-Descripción, muy visible en el primer párrafo del texto: “Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: “¡Soldaditos de plomo!”. Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños.

-Narración: también se puede percibir en el ejemplo anterior, en “Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían...”.

-Diálogo: “-¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!”.

Los recursos estilísticos son muy abundantes. No podía ser de otro modo, pues el texto está sometido a una fuerte comprensión del significado y a una poetización también importante. Recogemos los más importantes, por orden de aparición; muchos de ellos se repiten varias veces, pero nosotros no los mencionaremos sino una vez, para comprobar el efecto literario e imaginativo que producen:

1) Repetición retórica (junto con anáfora y quiasmo): “Miró a la bailarina, lo miró ella”. Estos recursos de repetición son muy eficaces para crear sensaciones en el lector de acumulación o carencia, o de opresión y felicidad, según el caso. En estos ejemplos, se potencia la significación de un ambiente aparentemente feliz.

3) Epíteto y adjetivo embellecedor: “el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina”. Es un modo de aportar plasticidad y visibilidad a los objetos descritos.

4) Símil o comparación: “la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito”; en este caso se crea una sensación visual agradable identificable con la ligereza y el movimiento.

5) Símbolo: el soldadito es símbolo de la firmeza y el optimismo; afronta su destino sin rechistar, viendo la cara positiva de las cosas. La bailarina es símbolo de lo deseado sin saber si consiente o participa en ese deseo. La rata simboliza la codicia. El duende negro simboliza la maldad y la venganza. Y, finalmente, el niño que lo arroja al fuego, el caprichismo irresponsable.

La maestría literaria de Andersen es bien visible. Con breves pinceladas crea ambientes misteriosos, enigmáticos, simbólicos, que sirven para incitar a una reflexión superior. El acierto en el empleo de las herramientas retóricas ayuda mucho a “revivir” el cuento en nuestra mente. Parece que todo cobra vida en nuestra mente, que todo lo sobrenatural es parte de la natural de manera sencilla y, valga la paradoja, lógica.

7.            Contextualización

Hans Christian Andersen es un escritor romántico de formación. Cuando él desarrolla su carrera, el Romanticismo está en plena expansión; es, por tanto, hijo del tiempo romántico, movimiento artístico de hondas y duraderas huellas en el arte occidental. Andersen tuvo una infancia y una juventud duras y poco felices. Pasó hambre, fue marginado, fracasó como actor y músico... Sólo gracias a la protección de gente poderosa de su tiempo pudo completar sus estudios. Su biografía, en alemán, recoge muchos de sus sinsabores y su andar errático por Copenhague siendo un jovenzuelo sin oficio ni beneficio. Seguramente ni él mismo era consciente de su potencia creativa literaria. Cuando esta estalló, probablemente él fue el primer sorprendido, pero luego comprendió muy bien cómo desarrollar sus habilidades artísticas y por eso nos dejó unas de las obras más importantes y completas de la literatura romántica europea.

Recordamos esquemáticamente cómo se manifiestan en este cuento los rasgos románticos:

-Gusto por lo misterioso, lo sobrenatural y lo inexplicable, como se aprecia muy bien en “La última perla” a través de las hadas y los ángeles custodios.

-Presencia de una naturaleza sintonizada con los sentimientos de los personajes. Compárese la que aparece al principio con la de la casa de la madre difunta y vemos el vivo contraste que se crea.

-Gusto por el claro-oscuro, por los contrastes agudos e irreconciliables. Se puede ver en la actitud del ángel protector con la del custodio, o en la significación de las perlas, excepto la última, la Aflicción.

-El destino juega un papel importante en la vida de las personas. Más allá de la voluntad personal, ciertas fuerzas más o menos identificables con el fatum están presentes en la vida de las personas. Y las desgracias acechan constantemente, sea uno rico o pobre.

-Los sentimientos y emociones forman parte muy relevante de la vida y el carácter de las personas. Más allá de otras consideraciones --físicas, de carácter, etc.--, la alegría y la pena, la dicha y el dolor, son vectores de la vida que marcan y dirigen a las personas en su peregrinar humano.

-La muerte y lo trágico están presentes como parte inherente de la vida. Eso, unido a una ambientación medieval, antigua, devienen en relatos misteriosos, intrigantes, donde existen más cosas de las que vemos, donde vivir es un reto de comprensión de fuerzas secretas y subterráneas que no se ven, pero están y operan.

8.            Interpretación

Este magnífico relato de Andersen es mucho más que un cuento de hadas para niños. Posee una densidad significativa realmente asombrosa, como a continuación explicaremos. Con apenas unas pinceladas, Andersen nos desliza mensajes de suma gravedad: el destino es cruel, caprichoso y absurdo. Solo queda aceptarlo con resignación. Los seres vivos con los que se ha de compartir la existencia ostentan muchos vicios y defectos: codicia, caprichismo, celos, etc.

¿Y realmente existe el amor? Está por ver. La bailarina nunca habla, ni sabemos lo que piensa. Acaso correspondía al soldadito, o solo eran ilusiones de este, o de los dos, pues solo podían mirar siempre de frente, sin desvíos de ningún tipo. El texto es amargo y desolador porque la esperanza cae pulverizada y abrasada en el fuego. Los dos seres más inocentes, el soldadito y la bailarina, acaban en llamas. ¿Es justo? No, pero es la dura y áspera realidad.

¿Existe el destino? Si lo hay, es cruel. Si no, cada uno de nosotros contribuye al propio y al de los demás de manera inconsciente, pero implacable. En conjunto, todo es imprevisible y absurdo, de modo que da igual ser bueno que malo, tonto que listo, honesto que deshonesto. La reflexión de lectura es realmente desoladora.

9.            Valoración

“El intrépido soldadito de plomo” es un maravilloso cuento muy bien escrito e ideado. Andersen establece un simbolismo perfecto entre los juguetes y la vida de los humanos. Todo discurre de manera misteriosa, cruel e inexplicable. El destino se abalanza sobre nosotros de modo implacable, bueno o malo, pero ciego. Una ráfaga de aire o un duende negro busca la ruina de los demás. La vida sigue, sin apenas diferencias. Pero cada uno tendrá el suyo, sin duda.

Andersen es un magnífico escritor de cuentos de hadas que nos transmiten las ilusiones y miedos del hombre en su peregrinar humano. Con sencillez, claridad y suma belleza literaria, la lectura nos interroga sobre nuestros anhelos y miedos más oscuros, pero acechantes.



2.            PROPUESTA DIDÁCTICA

2.1. Comprensión lectora 

1) Resume el cuento (cien palabras, aproximadamente). 

2) Señala su tema principal y los secundarios. 

3) Analiza la figura del narrador.

4) Delimita los apartados temáticos o secciones de contenido. 

5) Analiza los personajes y establece su relevancia. 

6) Explica los aspectos de lugar y tiempo en los que se desenvuelve la acción narrada. 

7) Explica por qué este texto es un cuento de hadas. 

8) Localiza y explica algunos recursos estilísticos y cómo crean significado. 

2.2. Interpretación y pensamiento analítico 

1) ¿Qué rasgos propios de los cuentos de hadas aparecen en este texto? 

2) ¿Se puede decir que la alegría y la pena son partes inseparables del hombre? Razona la respuesta. 

3) ¿Qué importancia posee el destino sobre el hombre, independientemente de su actitud y sentimientos? 

4) ¿Cómo se aprecia en el texto el amor? 

5) En el cuento aparecen dos niños. Sobre ellos, ¿qué podemos deducir del protagonismo y de la presencia de la muerte? 

6) ¿Qué simbolizan cada uno de los personajes en este cuento? 

7) En el último párrafo, vemos que el soldadito es solo un trozo de plomo fundido en forma de corazón; de la bailarina solo queda una lentejuela. ¿Cómo lo podemos interpretar? 

2.3. Fomento de la creatividad

1) Escribe un cuento de hadas con un contenido más o menos inspirado en el cuento de “El intrépido soldadito de plomo”.

2) ¿Nuestro destino depende de nuestros sentimientos, nuestro comportamiento y nuestra virtud? Razona tu respuesta e imagina cómo pueden intervenir. 

3) Realiza una exposición sobre Hans Christian Andersen, sus cuentos y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 

4) Aporta o crea imágenes de paisajes simbólicos: la casa rica de los niños, la calle mojada de los niños pobres, las alcantarillas de la rata, el agua turbulenta del pez, etc., siguiendo el ejemplo de Andersen. ¿Se puede decir que es cierto que somos según donde vivimos?